Los paisajes argentinos que parecen de otro planeta
Hay lugares que parecen existir solo en las películas de ciencia ficción. Desiertos blancos que recuerdan a la Luna, montañas de colores imposibles, volcanes que se pierden en el horizonte y formaciones rocosas esculpidas durante millones de años.
Lo sorprendente es que no hace falta viajar al otro lado del mundo para encontrarlos.
Argentina es uno de los países con mayor diversidad de paisajes del planeta. Desde la Patagonia hasta la Puna, esconde escenarios que desafían cualquier idea preconcebida sobre su geografía. Algunos son famosos, otros permanecen prácticamente desconocidos, pero todos comparten algo: hacen pensar por un instante que uno dejó la Tierra.
Estos son algunos de los paisajes argentinos que parecen de otro planeta.
Campo de Piedra Pómez (Catamarca)
Si existiera una versión argentina de la superficie de la Luna, probablemente sería esta.
El Campo de Piedra Pómez es un inmenso desierto de roca volcánica blanca que se extiende por más de 75.000 hectáreas en el noroeste de Catamarca. Hace millones de años, enormes erupciones cubrieron la zona con ceniza volcánica que, con el paso del tiempo, fue erosionada por el viento hasta crear un paisaje de esculturas naturales.
Las formas cambian constantemente. Hay laberintos, cañones, torres y paredes de piedra tan livianas que, pese a su tamaño, flotan sobre el terreno como si hubieran sido talladas a mano.
Es uno de esos lugares donde cuesta encontrar referencias de escala. El silencio, la inmensidad y el color blanco hacen que todo parezca fuera del planeta.
La Payunia (Mendoza)
Pocas personas imaginan que Argentina posee una de las regiones volcánicas más grandes del mundo.
La Payunia reúne cientos de conos volcánicos sobre una enorme planicie de lava negra. El contraste entre el suelo oscuro, los volcanes y el cielo limpio genera una imagen que recuerda a Marte.
Además de su paisaje único, la reserva alberga una importante fauna silvestre, incluyendo una de las mayores poblaciones de guanacos de Sudamérica.
Su aislamiento ha permitido conservar un escenario prácticamente intacto, donde la naturaleza sigue siendo la protagonista absoluta.
